Cada persona es un abismo

1836, Alemania.  Friedrich Johann Franz Woyzeck, barbero de profesión y conejillo de indias para obtener un sobresueldo, asesina a su amante, sin motivo aparente, en Leipzig. Caso real que levantó el interés social y mediático y abrió un debate acerca de los límites de la responsabilidad humana. A partir de este acontecimiento nace la obra teatral precursora del expresionismo alemán: Woyzeck. Primera además en mostrar la tragedia de la clase proletaria.

Karl Georg Büchner la escribe con tan solo 22 años de edad, poco antes de su prematura muerte a manos del tifus a los 23. Oficialmente es considerada una obra inacabada y es una magnífica  crítica sobre la condición social y los efectos deshumanizadores de un sistema opresor.

Realidad y ficción. Observación y creación. Naturaleza y sociedad. Arte y vida. Entre estos límites se encontraba el autor. Entre el mundo real y el de la creación, observando la sociedad que le rodeaba desde el punto de vista del científico, del pensador y del creador. Así Büchner supo escribir un texto que nos hace reflexionar sobre la condición humana, sobre los motivos de nuestros actos, sobre la injusticia del sistema, sobre la necesidad de amor. Pudo encontrar, a partir de un acontecimiento real, la inspiración para expresar la aflicción del ser humano en un mundo donde no encuentra cabida. Él mismo fue victima de la persecución por sus ideas políticas. Y esta conexión tan vigente aun hoy día entre la creación de un dramaturgo y la realidad a la que nos enfrentamos, fue el principal motivo por el que decidimos montar Woyzeck.

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Woyzeck  se alza ante nosotros como un espejo. Como un prisma donde observar la realidad y observarnos a nosotros mismos. Una realidad llena de seres oprimidos y de seres opresores ocupados en sobrevivir en un espacio que cada vez se va cercando más.

Este espacio es el que intentamos mostrar en nuestro montaje. Tras un año de trabajo de investigación y creación por parte de actores, director y escenógrafa; y partiendo del hecho de enfrentarnos a un texto inacabado, nos subimos una vez más al emocionante tren del teatro.

Teatro dentro del teatro. Ese es el comienzo de nuestra propuesta. Una compañía ambulante llega a la ciudad contando una triste historia de un niño sin padre ni madre, que viaja por el mundo y por el universo en busca de consuelo, de amor, de compañía; acabando en el mismo lugar donde empezó, solo y llorando, tras comprobar que lo que creía estrellas no son más que moscas doradas clavadas en el cielo. Así comienza nuestro viaje. Viaje donde invitamos al espectador a formar parte y a decidir el final de la historia y de la vida de nuestro protagonista en un juicio, donde  pasarán de ser observadores de la realidad a jueces de ésta. ¿Hasta dónde somos responsables de nuestros actos? ¿Nuestro comportamiento sería el mismo si las circunstancias respetaran nuestra naturaleza humana? ¿Justifican la opresión y el maltrato nuestros actos? Y yendo más allá y entrando a cuestionarnos el papel del observador: ¿Cómo nos comportamos cuando estamos en el lado del poder y podemos decidir sobre el otro? ¿Empatizamos con el asesino por sentirnos identificados con su sufrimiento?

Reflexionar por medio de la creación artística, como creadores y como espectadores, es para nosotros una  necesidad. Y de ella nace nuestro modo de hacer teatro. Simplemente no lo concebimos sin que nos hable de lo que somos como seres sociales y sin que cuestione nuestro comportamiento. Creemos necesario que el teatro, y el arte en general, sea una vía de reflexión y de crítica, un camino para comprender mejor lo que nos rodea, una forma de entendimiento y comunicación. En definitiva,  teatro como un hermoso y humano viaje siempre inacabado.

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